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martes, 20 de diciembre de 2011

No hay días malos, sólo hay vida.

Hoy no tengo ganas de nada, perdonadme, pero un gran dolor de cabeza que como un rayo entra por las sienes y sale por la nariz en forma de mocos, no me deja pensar, ni respirar, ni vivir. Hoy tenía que haberme quedado en la camita, dormitando al calor de la fiebre que mi propio cuerpo emite. Sin pensar en nada, sólo esperar un día más, como el resto de días, sin saber las degarrantes noticias que nos inyectarán en vena hoy, sin asomar la oreja a las murmuraciones despiadadas, sin sacar la patita al frio cortante que hace en Llerena. Sin echarte de menos. Sin querer ni odiar a nadie. Sólo yo, con mi gripe, mis clínex y mis mocos a solas entre las sábanas…

Pero no, hoy no es un día cualquiera, sino que es un día de mi vida, por lo tanto ha de ser importante. Tengo que sufrir las desgarrantes noticias de hoy, tengo que echarte de menos más que nunca, tengo que pasar frío, para sentirme viva, tengo que escuchar las murmuraciones despiadadas de aquellos a quienes no les importa nadie. Un día más de vida desaprovechado es imperdonable. No quiero, yaciendo en mi lecho de muerte, acordarme de todos esos días que desaproveché en el pasado, cuando era joven. Nada va a hacer que no salga de la cama. Ni los mocos, ni los tiritones, ni el dolor de cabeza. Todo es pasajero.

Hoy martes, día 20 de diciembre del 2011, queda exactamente una semana, con sus siete días, sus 168 horas, sus 10.080 minutos y sus 604.800 segundos para recibir los ejemplares de mi libro. He estado esperando este momento más de cuatro meses, y por fin he llegado a la recta final. Una semana no es nada. Aunque tenga gripe, aunque caiga el diluvio universal, aunque se me caiga la casa encima, aunque vengan las desgracias todas juntas, este es el momento que recordaré siempre, cuando espire los últimos alientos, yaciendo en mi lecho de muerte…

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